diciembre 03, 2005

King Kong en Cartagena

En los años 70 –y hasta inicios de la década de 1990- había en el popular balneario de Cartagena* dos cines. Uno era el cine Central, que quedaba en la calle Casanova casi al llegar a la Plaza de Armas, y que estaba pegado a la iglesia más importante de la ciudad. Y el otro era el cine Francia, ubicado al comienzo de la conocidísima Terraza, paseo obligatorio de todas las noches, y junto a la concurrida Playa Chica. Todos lo veranos era religiosamente obligatorio para mí, mi hermano y mis tías y tíos ir a esos cines, a ver los estrenos del año anterior, repuestos ahí para aprovechar el público de la temporada veraniega. Y el verano de 1978 fue el verano de King Kong, la gigantesca octava maravilla del mundo.
Durante 1977 habían estrenado en Santiago la superproducción "King Kong" (1976), dirigida por John Guillermin y producida por Dino de Laurentiis, y unas semanas antes un distribuidor local, aprovechando la inminente llegada a las salas de esta cinta, aprovechó de estrenar "La Furia de King Kong", con un cartel similar al de la película de Laurentiis, pero que en realidad era "King Kong Escape", cinta japonesa de 1967 dirigida por el legendario creador de películas de kaiju eiga (monstruos gigantes con cremallera incluida) Ishiro Honda. Cabe señalar que en esta cinta nipona, un Kong de ojos azules se enfrentaba en su isla misteriosa a una serpiente marina y a un tiranosaurio que lanzaba patadas voladoras, y luego en el clímax que tenía lugar en Tokio, combatía contra Meca-Kong. Bizarrísima. En los diarios de la capital incluso salió publicado un aviso, donde otros distribuidores cinematográficos recalcaban que esta película no tenía nada que ver con el inminente estreno que todos esperaban**. Bueno, así que ese verano tuvimos a Kong en la playa por partida doble, en la versión japonesa y en la versión gringa, yendo a ver esta última unas cuatro veces (¡si, cuatro veces!) para admirar a la hermosa Jessica Lange cuando era joven, y ver la inolvidable batalla final de Kong contra los helicópteros en la cima de las hoy inexistentes Torres Gemelas. Debo confesar que prácticamente en la última de esas ocasiones en que me repetí la película, fui recién capaz de no taparme los ojos y ver completa la secuencia en que Kong le abría el hocico a la serpiente gigante contra la que luchaba a los pies de las montañas donde quería subir con su amada. Todas las funciones en el cine Central fueron con la sala llena. Y luego, en las tardes de los días siguientes, después de la bajada a la playa de rigor, y tras tomar once con el infaltable pan de huevo, jugábamos con los amigos de ese verano en la calle con un gorila de juguete comprado en cualquier parte, y que para la ocasión obviamente era Kong, luchando contra otros monstruos inventados por nosotros.
Un par de veranos después reestrenaron "King Kong" en el cine Francia. Recuerdo haber pasado junto al cine en la noche, de camino a la Terraza, y había una fila de público esperando para entrar a la última función. Realmente King Kong fue un éxito de taquilla en Cartagena.
No voy a hacer aquí una crítica cinematográfica del film de Guillermin, que no he visto de nuevo hace muchos años. Me parece que es de esas películas que con el paso de los años logra volver más notorios sus defectos, cosa que no pasa con la cinta original de 1933. Lo único que quiero señalar es por qué fui a verla tantas veces, y parto aclarando que no fue por Jessica Lange. En el afiche oficial de la cinta, Kong salía sobre las Torres siendo atacado por varios helicópteros militares, y con un jet ardiendo en la mano. Pero en otro de los afiches Kong salía rodeado sólo por jets de combate***, y yo esperaba que en una de las ocasiones en que volvía a ver la película pasaría eso, que cambiaría el final y efectivamente Kong sería atacado por los famosos jets. Pero obviamente eso nunca ocurrió, por más veces que viera de nuevo la cinta. Como tampoco se materializó en ninguna función la secuencia que prometía otro de los carteles publicitarios alternativos de la película, donde Kong salía luchando contra la serpiente gigantesca en los muelles de Nueva York. Pero lo que si ocurrió fue que el tiempo pasó inexorablemente en Cartagena. El Cine Francia cerró sus puertas hace años. Ya no se puede ir ahí a ver la última función de la tarde y salir luego a la noche, cargada del ruido y el sabor del mar. Y la última vez que vi el cine Central, se había convertido en una iglesia evangélica, donde tanta gente busca alienarse, para escapar a la alienación cotidiana. Pero el mar y los bosques aún continúan rodeando esa pequeña ciudad, y la cordillera de la costa sigue a sus espaldas. Y cada noche, si uno aguza los oídos y la imaginación, se pueden escuchar los gritos portentosos del rey de los monstruos, del gorila gigante que definitivamente dejó sus huellas en las calles de la Cartagena de nuestra infancia.


Miguel Acevedo


Notas:

* Cartagena está ubicada en el litoral central de Chile, cerca del puerto de San Antonio.
** "La Furia de King Kong" llegó a las salas santiaguinas (cines Bandera y Santiago) el lunes 23 de mayo de 1977. Y el King Kong de Guillermin y De Laurentiis llegó a la cartelera nacional el 4 de julio del mismo año, siendo estrenado en los cines Windsor, Victoria, Plaza, Las Condes y El Golf de la capital, además de llegar a salas de las ciudades de Valparaíso y Concepción.
*** En realidad, esos carteles cinematográficos de 1976-1977, con los jets sobre las Torres íconos del capitalismo, rodeadas de humo y fuego, eran bastante premonitorios.

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septiembre 27, 2005

TV or not TV?


Por: Reisende

“Ya no importa lo que se diga en la pantalla; no importa la veracidad de las respuestas que dan los concursantes de programas de entretenimientos, si son verdaderas o erróneas, sino que lo que vale y que sí es cierto es el acto de enunciación: el presentador está allí.”

[“El Cuarto Poder” – Javier Zocco]

La tontería está servida: Uno de los grandes mitos de nuestros días se construye sobre la poco afortunada creencia de que la televisión dice la verdad en todas las situaciones y que la influencia de la televisión, mas allá de si esta es positiva o negativa en términos morales o éticos, acaba en el momento en que el usuario decide apagarla. En efecto, la discusión del rol de la televisión, discusión que nunca acaba, le da precisamente a la televisión la posibilidad de adelantarse por la derecha en el sentido metafórico y también políticamente literal. Situaciones como “quedar bien con todos”, “ayudar al desvalido”, “ser políticamente correcto” son el soporte moral que aplaudimos a rabiar mientras nos venden una variopinta oferta comercial. Encima, la empatía y la identificación son el bisturí con que se hace la incisión cerebral. Eficacia pura.
Lo que la mayoría de nosotros los televidentes rara vez recordamos es que estamos frente a una simulación.
Algún lector estará pensando que esta opinión es un poco generalista en la medida que la simulación se entiende en un programa “de ficción”, y pensará además que tal situación no es posible en el caso de un noticiario, adalid de pluralidad y espejo de nuestra realidad. ¿Quien podría creer que una publicación periodística es la trascripción pura de la realidad? Seria como creer que el periodista no piensa. Y si el periodista no piensa, ¿no existe? Indudablemente, estamos ante un acto de fe. Y es una de las formas de fe más poderosas de nuestra época. Si rebuscamos un poco, tal vez el origen podemos encontrarlo en la creencia asociada a mediados del siglo XX a la fotografía.
Recordemos que en tiempos de la segunda guerra mundial, los documentos foto periodísticos eran considerados pruebas indelebles e incuestionables de hechos, personas o lugares. Tal situación se ha mantenido hasta nuestros días y ha influenciado con su aura a su primo electrónico, el video. Y entre el video y la televisión solo esta el aire. Roland Barthes en “La Cámara Lúcida” describe con gran precisión el acto ritual y de fe ante una fotografía. Estamos ante una prueba de realidad soportada por la eficacia mecánica. Es decir, es prueba de realidad porque en el camino que recorre la luz reflejada del sujeto al plano donde ha de imprimirse su imagen, no hay intervención del hombre. Se supone que en el caso del video tampoco. Pero no basta quedarse en la lógica mecánica del principio de la simulación. Precisamente en tiempos de la segunda guerra y en alas de los artistas modernos, la fotografía fue empleada como instrumento propagandístico y servil a las más diversas ideologías de la guerra y de después también. La televisión daba sus primeros balbuceos cuando la fotografía en movimiento y la fotografía impresa dirigían las conciencias de las masas y se daban las primeras simulaciones.
Como hijo pródigo de esta antigua máquina de generar pruebas que era la fotografía, y a la vez como el más eficiente de los mass media, la televisión, se abría al mundo como la expresión electrónica de todos los ideales éticos y sobre todo morales de una sociedad desgastada. Este segundo aire, este mundo ideal simulado, adopta sus conductas aduciendo una pretendida objetividad y una respuesta eficaz e inmediata a los gustos del público. (Nótese el reemplazo de la palabra pueblo por la de público.) Algunos se aventuraron a hablar de “aldea global” haciendo forzadas comparaciones con estructuras antropológicas de dudoso origen. Tales teorías, solo podrían darse en el seno de una sociedad satisfecha consigo misma. Tanto, que queda tiempo para soñar y creerse el propio sueño.
Pero los impulsores de la televisión veían en ella el instrumento ideal para comerciar masivamente. Y algunos dirán que es de Perogrullo, pero si observamos con cuidado, la televisión va mas allá de la simple y tortuosa “dominación mental”, más bien dicho, tal manejo de comportamientos es un efecto secundario inesperado y provechosamente utilizado por quienes manejan los medios. Es la resultante de una estrategia comercial. Ya se ha dicho antes: “el fin del programa de televisión, es el comercial que lo interrumpe”. Se ha esgrimido el argumento de que como inocente medio de comunicación, la televisión solo ha respondido a los gobiernos y a las sociedades a los que le ha tocado servir.
El caso de la televisión en China o la televisión del mundo musulmán, podrían dar la razón a este argumento. Pero lo inquietante del tiempo en que vivimos, se da en el hecho de que Frankestein ha tomado conciencia de si mismo. En efecto, los que hacen la televisión están asumiendo cada vez más su propia simulación y han descubierto su poder intrínseco. Ya no se trata de unir el mundo en esta aldea global donde escuchamos noche a noche las historias de lo que ha ocurrido en otras partes de la aldea. Ahora escuchamos las historias que el mismo relator se inventa. Ha desaparecido la línea divisoria entre ficción y realidad.
Hoy, la mayoría de lo que vemos corresponde al ámbito de la simulación. Estamos en presencia de la nueva estrategia de venta. Lo real no vende, los problemas no venden, el mundo no vende. Es mejor inventar un mundo, inventar un artista apoyado en otros medios interesados en generar artistas y programas desechables y olvidables siguiendo la lógica de una rentabilidad mínima por temporada. Nuestro Frankestein se mira al ombligo y nosotros, felices, le imitamos y nos miramos también el ombligo haciendo caso omiso a lo que ocurre fuera de casa. Ciertamente, no es el caso de todos, pero la progresión geométrica en el crecimiento de los “Homer Simpson”, no deja de inquietar.

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septiembre 26, 2005

Años 60: facturas sin pagar

Desde que tengo memoria (y de eso no hace tanto tiempo), los años 60 mantienen un status privilegiado en la memoria colectiva de occidente.
Son los años felices (los felices 60) para todos los que los vivieron e incluso para muchos que sólo los conocen a través de fuentes interpuestas. Y sin embargo, desde mi punto de vista, aquellos años felices son el origen (no me atrevo a hablar de causa) de muchas de las desgracias de décadas posteriores. Voy a poner un ejemplo reciente: ¿fue la Argentina de Menem un periodo feliz y despreocupado? Desde luego que sí. ¿Por qué ahora se quiere renegar de aquel recuerdo grato? Evidentemente, porque los efectos de aquella juventud neoliberal ha pasado facturas demasiado costosas a aquellos mismos que disfrutaron (o no tanto) de aquel periodo feliz. Volvamos a mi argumento principal: los años 60 fueron los años del desarrollo, una vez superada la post-guerra, en el que los países ricos parecían incluso dispuestos a compartir su riqueza con los pobres (recordemos, para eso se creó el Banco Mundial), es decir, los años 60 fueron el origen de las descomunales deudas externas de estos países en desarrollo, que no sólo quedan pendientes sino que crecen cada año. Todas las grandes instituciones de la globalización son fruto de aquella época en la que el progreso era indiscutible en los países ricos y cuestión de pocos años para los pobres. La ayuda al desarrollo, inventada en los felices 60, se ha demostrado un negocio redondo para los ricos y una ruina absoluta para los pobres (la redistribución según el neoliberalismo: quitar a los pobres para dárselo a los ricos). Entonces, si esto es así, ¿por qué seguimos admirando tanto la felicidad de aquellos años? ¿Por qué nos seguimos recreando con sus bagatelas sin percibir lo realmente significativo? Muy sencillo... las facturas aún no han llegado (aunque los intereses sigan creciendo).

Cave Canem

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